Ir al contenido
CosechaBiotech
← Todas las publicaciones

Ciencia explicada

Qué es el Síndrome Urémico Hemolítico y por qué en Argentina es un problema de salud pública

Cómo una toxina bacteriana llega del intestino al riñón, por qué los más afectados son los chicos menores de cinco años y qué se puede hacer para evitarlo.

Martina Russo · Estudiante de tercer año de la Licenciatura en Biotecnología en UADE, interesada en la divulgación científica y en acercar los avances biotecnológicos a la sociedad

26 de octubre de 2026 · 7 min de lectura

Hace poco comencé a participar en un proyecto de extensión de mi universidad orientado a la prevención del Síndrome Urémico Hemolítico. Además de realizar tareas de divulgación, trabajamos con muestras de carne para investigar la presencia de una bacteria en particular. Me llamó la atención cómo algo tan cotidiano como ir a la carnicería, comprar un corte de carne y preparar una comida en casa, puede convertirse en algo sumamente peligroso. Puede sonar un tanto exagerado, pero detrás de ese acto cotidiano existe un riesgo que muchas veces desconocemos: determinados microorganismos presentes en los alimentos pueden desencadenar enfermedades graves e incluso mortales.

La primera pregunta que surge es inevitable: ¿cómo puede una bacteria presente en un alimento terminar provocando una enfermedad que daña los riñones y pone en riesgo la vida? La respuesta está en una toxina capaz de dañar los vasos sanguíneos. Producida por determinadas cepas de Escherichia coli, esta toxina puede desencadenar el Síndrome Urémico Hemolítico (SUH), una enfermedad grave que afecta especialmente a los niños pequeños.

En Argentina, esta afección representa un importante problema de salud pública: el país registra una de las incidencias más altas del mundo y, hasta el momento, no existe un tratamiento específico que permita neutralizar la toxina una vez que desencadena el daño. En este contexto, la prevención y la detección temprana son fundamentales.

Pero ¿de dónde viene esta bacteria y qué la hace peligrosa? Empecemos por el principio. No todas las cepas de E. coli son peligrosas: muchas habitan nuestro intestino como parte de la microbiota sin generar ningún problema. Las cepas de Escherichia coli productoras de toxina Shiga (STEC), en cambio, producen una toxina que daña los vasos sanguíneos de los intestinos y los riñones, e incluso del sistema nervioso central. Estas bacterias colonizan naturalmente el tracto intestinal de los rumiantes, como las vacas, sin causarles enfermedad, pero son patógenas para los seres humanos.

Cómo llega a la comida

La principal causa de los brotes es el consumo de alimentos contaminados, en especial carne picada mal cocida. Durante la faena, los restos fecales pueden contaminar la superficie de la carne y, al picarla, la bacteria se distribuye por todo el interior del alimento; si el centro queda poco cocido, sobrevive. Además, las STEC tienen una dosis infectiva muy baja: una cantidad mínima de bacterias alcanza para infectar. También puede transmitirse a través del consumo de leche y derivados sin pasteurizar, jugos no pasteurizados, frutas y verduras contaminadas, agua no segura y el contacto directo con animales portadores. Además, puede propagarse de persona a persona por vía fecal-oral, especialmente cuando no se realiza una correcta higiene de manos.

Qué síntomas da y a quién afecta

Aunque la infección por STEC suele manifestarse con síntomas gastrointestinales, a veces puede desencadenar una complicación mucho más grave. En la mayoría de los casos la infección es leve: a los pocos días de la exposición aparecen vómitos, fiebre, calambres abdominales y diarrea (que puede ser sanguinolenta), y por lo general se resuelve en una semana. Sin embargo, algunas personas son más susceptibles y pueden desarrollar complicaciones severas, como los niños menores de 5 años, que tienen un riesgo particularmente elevado. Una de las complicaciones más importantes es el SUH, que se caracteriza por tres alteraciones principales: anemia hemolítica, trombocitopenia e insuficiencia renal aguda.

¿Qué convierte a una infección intestinal en una amenaza para los riñones? Una de las claves está en la toxina Shiga, una proteína citotóxica producida por las STEC que altera el funcionamiento de las células y desencadena una serie de daños en los pequeños vasos sanguíneos. Esta proteína tiene una subunidad A, que inhibe la síntesis de proteínas, y cinco subunidades B, que se unen a receptores específicos de la membrana celular, principalmente la globotriaosilceramida (Gb3). Este receptor es muy abundante en las células endoteliales, que forman la capa más interna de los vasos sanguíneos. Al reconocer la toxina, la célula la internaliza y esta inactiva sus ribosomas, frenando la síntesis de proteínas. Sin ellas la célula no puede sobrevivir y muere por apoptosis (muerte celular programada). El endotelio lesionado favorece la activación de las plaquetas y la formación de microtrombos (coágulos diminutos) que obstruyen los vasos sanguíneos pequeños y dan origen a las alteraciones del SUH.

Las tres alteraciones

La anemia hemolítica se produce por la destrucción prematura de los glóbulos rojos. Estas células sanguíneas transportan oxígeno y, al pasar por vasos parcialmente obstruidos por microtrombos, se fragmentan y se rompen mecánicamente. Su pérdida compromete la llegada de oxígeno a los tejidos y puede causar mareos, fatiga, palidez o dificultad para respirar. La trombocitopenia es la caída del número de plaquetas, que se consumen en la formación de los microtrombos; esto aumenta el riesgo de sangrados y puede provocar manchas rojizas o violáceas en la piel, como petequias o hematomas. Por último, el riñón es el órgano más susceptible a la toxina: al obstruirse sus capilares deja de filtrar correctamente la sangre, se acumulan sustancias tóxicas, disminuye la producción de orina y pueden aparecer edemas, es decir, hinchazón por acumulación de líquido en los tejidos.

El cuadro puede ser aún peor cuando se compromete el sistema nervioso central, algo que ocurre en alrededor del 20 % al 30 % de los pacientes. Es la complicación extrarrenal más grave y la principal causa de muerte en la fase aguda: puede provocar convulsiones, accidentes cerebrovasculares y coma. En total, cerca del 3 % de los casos son mortales durante esa fase.

Entonces las consecuencias del SUH pueden ir más allá de la fase aguda. Aunque algunos pacientes se recuperan, otros desarrollan secuelas que afectan su calidad de vida y requieren seguimiento médico durante años. ¿Qué herramientas existen actualmente para tratar la enfermedad?

Los antibióticos no se recomiendan: están dirigidos a la bacteria y no a la toxina, que es la causa del daño

No existe una cura específica: el tratamiento es de soporte clínico y se responde a las manifestaciones que presenta la persona afectada. Muchos pacientes requieren diálisis, que reemplaza la función renal hasta que el órgano se recupera, o transfusiones de glóbulos rojos. Cerca del 30 % queda con secuelas, y algunos evolucionan hacia un daño renal crónico que puede requerir diálisis a largo plazo o un trasplante de riñón. Los antibióticos no se recomiendan: están dirigidos a la bacteria y no a la toxina, que es la causa del daño, y además pueden empeorar el cuadro, porque en respuesta al antibiótico la bacteria aumenta la producción de toxina y, al romperse, la libera al intestino. Por eso es importante no automedicarse y, ante la mínima sospecha, consultar a un profesional de la salud.

Cómo se previene

En Argentina la enfermedad es endémica por el alto consumo de carne vacuna y la amplia circulación de las STEC en el ganado, y afecta especialmente a los niños menores de 5 años. Como no existe un tratamiento específico ni una vacuna que la prevenga, la prevención sigue siendo la principal herramienta. Hay que recalcar la importancia de evitar que los niños menores de 5 años consuman carne picada. En los adultos, hay que cocinarla por completo, hasta que el centro alcance los 70 °C y no queden zonas rosadas ni jugos. También hay que separar lo crudo de lo cocido y no usar las mismas tablas ni cuchillos para la carne cruda y el resto de los alimentos; lavarse las manos con agua y jabón antes de comer, después de ir al baño, de cambiar pañales o de tocar animales de granja; y lavar los vegetales con agua potable y, ante la duda, desinfectarlos con un par de gotas de lavandina apta para alimentos según las instrucciones del envase.

Frente a una enfermedad que representa un problema sanitario importante en el país donde vivimos, que puede provocar complicaciones graves y dejar secuelas permanentes, vale la pena preguntarse: ¿Es posible intervenir sobre el mecanismo que desencadena el daño antes de que sus consecuencias sean irreversibles? Responder a este interrogante es uno de los desafíos que impulsan la investigación de nuevas estrategias terapéuticas frente al SUH.

Compartir En LinkedIn
Sobre quien escribe

Martina Russo

Estudiante de tercer año de la Licenciatura en Biotecnología en UADE, interesada en la divulgación científica y en acercar los avances biotecnológicos a la sociedad

Busca oportunidadesDesarrollo de inmunoterapiasAgrobiotecnologíaMicología

Seguí leyendo en Ciencia explicada

El derecho a alucinar

A veces, es una decisión política la que decide el destino de un avance.

Leer la publicación →