Ciencia explicada
El derecho a alucinar
A veces, es una decisión política la que decide el destino de un avance.
Camila Russo · 4.º año de Biotecnología en UADE y analista de control de calidad en un laboratorio farmacéutico
20 de octubre de 2026 · 4 min de lectura
La ciencia no siempre se detiene porque la tecnología falla o porque los datos no sirven. A veces, es una decisión política la que decide el destino de un avance. En los años 70, los psicodélicos salían del laboratorio a las calles, convirtiéndose en el combustible del movimiento hippie para cuestionar a la autoridad y salir del sistema. En respuesta a esta amenaza al orden social, Nixon los clasificó como sustancias con altísimo potencial de abuso y sin ningún valor médico aceptado, aun sabiendo que no generaban dependencia física ni adicción química como la heroína o el alcohol.
Estados Unidos fue el epicentro político de la prohibición, pero el fenómeno fue global y dirigido desde la ONU, congelando la investigación psiquiátrica en los psicodélicos durante 40 años.
Desde los 90 y hasta fines de la década del 2000, un grupo de científicos logró reabrir estas puertas, demostrando que se podía investigar en este campo de forma segura bajo protocolos clínicos estrictos. Instituciones como el Imperial College y la Universidad Johns Hopkins publicaron estudios revolucionarios, impulsando al resto del mundo académico.
Para esto, tuvieron que revertir el lenguaje de los años 50 ("éxtasis", "revelación del alma" y "comunión cósmica") e hipermedicalizar el discurso con un lenguaje de biotecnología moderna: neuroplasticidad, receptores de serotonina y redes neuronales.
La ciencia detrás del viaje
Hay dos moléculas estrella cuando se habla de psicodélicos clásicos: la psilocibina, un compuesto psicoactivo natural presente en hongos con efectos que duran de 4 a 6 horas, y el LSD, una sustancia semisintética con efectos de 10 a 12 horas.
Cuando una de estas moléculas entra al torrente sanguíneo y cruza la barrera hematoencefálica que protege al cerebro, altera por completo la forma en la que procesamos la realidad.
Estas moléculas tienen una estructura muy similar a la de la serotonina, un neurotransmisor natural, y por eso encajan perfectamente en un receptor que tenemos en nuestra corteza prefrontal. Al unirse, lo estimulan e hiperactivan, provocando el apagón temporal del Default Mode Network, que es la red del cerebro encargada del "yo"/el ego, la rumiación, el pensar en el pasado y en el futuro.
En la depresión o el trauma, esta red está hiperactiva, haciendo que la persona repita los mismos pensamientos una y otra vez. Los psicodélicos la apagan y generan un estado de alta entropía cerebral y flexibilidad, permitiendo que áreas del cerebro que no se conectaban, vuelvan a hacerlo y rompan los patrones de pensamiento estancados.
A nivel microscópico se está provocando que empiecen a brotar nuevas dendritas de las neuronas y formen nuevas sinapsis. Se induce la neuroplasticidad y el cerebro se vuelve maleable.
Mientras la psiquiatría tradicional administró durante décadas pastillas diarias para anestesiar los síntomas y adormecerlos, la terapia psicodélica propone lo contrario. El problema es que la ciencia moderna exige mediciones para aprobar estas nuevas posibilidades. ¿Cómo medir objetivamente la disolución del ego, el contacto con una entidad superior o el sentimiento de conexión profunda con el universo?
Hoy en día se cuenta con el MEQ30: un cuestionario de Experiencias Místicas con 30 afirmaciones donde el paciente califica su vivencia. Para crearlo, trataron de desarmar la experiencia en dimensiones universales: el sentimiento de unidad profunda con el todo, la trascendencia del tiempo y el espacio, la sensación de asombro sagrado y la "inefabilidad" (la incapacidad física de poner la experiencia en palabras). Es utilizado a nivel internacional.
Estas terapias conllevan riesgos reales y contraindicaciones severas. Pueden desencadenar psicosis o manía latente, aumentar la frecuencia cardiaca y la presión arterial, convertir la experiencia en un trauma agudo, desarrollar alteraciones visuales semanas o meses después de haber consumido la sustancia, entre otras.
La lógica de la industria es aislar el beneficio biológico y eliminar la subjetividad, todo esto para que sea un producto escalable.
Por eso, las farmacéuticas están invirtiendo millones para crear psicodélicos de segunda generación: moléculas que generan y estimulan la neuroplasticidad (que repara las neuronas) pero sin la experiencia alucinógena ni viajes espirituales o místicos. La lógica de la industria es aislar el beneficio biológico y eliminar la subjetividad, todo esto para que sea un producto escalable. Se llaman análogos sintéticos.
Lo que muchos psiquiatras advierten es que tal vez el viaje y la epifanía son lo que cura a la persona y sostienen que intentar separar eso de la molécula es un error conceptual profundo.
El planteo actual es cómo se va a comercializar y qué se está perdiendo en la transición en un sector que exige previsibilidad, escalabilidad y estandarización.
Cambio de paradigma
Australia es el caso más disruptivo hasta ahora. En 2023 reclasificó la psilocibina y el MDMA a la categoría de medicamentos con prescripción controlada. Psiquiatras autorizados pueden recetar legalmente MDMA para el estrés postraumático severo y psilocibina para la depresión resistente a tratamientos. En EE. UU., la FDA aún no ha aprobado formalmente los psicodélicos a nivel federal pero algunos estados se adelantaron mediante referéndums.
En el resto del mundo, fuera de los ensayos clínicos aprobados por comités de ética, un médico no puede recetarlas.
La ciencia nos obliga a replantearnos qué significa realmente estar sanos. ¿Dejar de sentir el sufrimiento o por fin poder atravesarlo? ¿En cuanto al marco legal, tiene sentido exigirle a una experiencia de esta índole que encaje en el mismo criterio con el que medimos la eficacia de otras drogas convencionales? ¿El peso de décadas de prohibición sigue operando con la fuerza de un dogma moral en nuestra sociedad?
